Me tomó varios años caer en cuenta que la mayoría de los seres humanos tenemos un talento increíble para encontrar defectos en los demás, pero somos completamente ciegas con respecto a los propios.
La semana pasada vi un ejemplo patente de esa hipocresía cuando cierta persona del mundo de la mercadotecnia a quien conozco, se dedicó a criticar en Twitter a otros por su falta de ética, sin tener en cuenta los propios lapsos éticos en los que había caído una semana antes. Pero esto no es nada comparado a tantas personas que nos rodean, y que por un delito u otro merecen realmente estar en la cárcel o algo peor.
Aunque este próximo Domingo de Resurrección tiene que ver con la Gracia de Dios derramada en una humanidad que no la merece, creo que muchos de nosotros somos tan puritanos (y no me refiero necesariamente a “los religiosos”), que nunca comprendemos lo que significa verdaderamente la Semana Santa. De acuerdo a mi experiencia, considero que gran parte de los seres humanos creemos que somos básicamente buenos, y si vivimos generalmente una vida mejor y no peor, vamos a estar “en paz” con Dios.
No voy a predicar, pero creo que en mi propio punto de vista humano, la mayoría merece más perdón que el que humanamente somos capaces de ejercer con el prójimo. En eso precisamente consiste parte de la gracia, y es un pensamiento que me consume constantemente para evitar que mis hijos se consideren a sí mismos con tal autopuritanismo.
La mejor manera mediante la cual puedo dar un ejemplo de la Gracia de Dios en mi vida es usar los peores momentos de mis hijos para mostrárselas. Por supuesto, pueden considerar esto como otro “Truco de Crianza PapiBlogger “.
Esto quiere decir que, en ocasiones, aleatoriamente cuando mis hijos se comportan realmente mal, uso esos episodios para hablarles acerca de lo incorrecto que hicieron. En esos momentos le digo a mi hijo Jonathan o a mi hija Elena: “¿Saben? Otra vez han hecho de las suyas. ¿Pueden decirme qué han hecho mal?”. Con frecuencia, ambos me dicen en un susurro la “fechoría” que hicieron, y yo les respondo: “Se merecen un buen castigo”.
Y justo cuando ambos esperan que voy a castigarlos, uso ese momento para comunicarles la gracia. “Bueno, hoy no los voy a castigar. Voy a darles gracia, perdón total, porque eso es lo que Papá Dios quiere que les enseñe porque El los ama”. El resultado de darle a alguien un perdón inmerecido es casi siempre una plácida sorpresa. Una gracia sorprendente.
No sé cómo mis hijos van a recordar mis enseñanzas acerca de la gracia, pero creo que si logran comprender sus propios rasgos imperfectos a edad temprana, y cómo Dios puede ayudarlos a vencer el autopuritanismo, cuando crezcan estarán preparados para ser seres humanos.
¿Qué piensan acerca de darles a sus hijos el perdón total cuando no lo merecen?
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